La imagen de la ciudad
por Miguel Coelho en el 14/12/08 a las 12:00 pm
Envuelta en luces, en una niebla mágica o al revés, congelada en formas anónimas e inestables, la ciudad contemporánea ha sido, y sigue siendo, fotografiada innumerables veces por casi todos los fotógrafos. La paradoja oscila entre el orgullo emocionado y la frialdad de un trabajo de documentación o investigación pura.
Para mí, este gesto de fotografiar la ciudad implica siempre una lectura del lento y paradójico proceso de humanización del espacio físico que lo envuelve. El fotógrafo debe tener en cuenta que las ciudades son siempre momentáneamente contemporáneas y que a cada instante corresponde determinada contemporaneidad, que tiene sus propios conceptos y métodos de estructuración. En este sentido, si para el arquitecto proyectar es siempre transformar, para el fotógrafo la ciudad deberá constituir siempre un pretexto para una reflexión sobre este proceso de antropización.
La ciudad debe ser entendida también, como un territorio de relaciones arquitectónicas, ya que la propia configuración del espacio urbano tiene siempre como matriz la construcción del artificial. Es en esta artificialidad y en sus relaciones donde la fotografía se debe detener. Ya no tiene sentido seguir debatiendo el mosaico formado por los tejidos urbanos, sin considerar lo que los conecta o fractura, ni valorar la piezas del puzzle que configura la ciudad contemporánea, sin comprender las estructuras que la soportan. Es también sobre esta nueva dimensión estructural global, integradora de estos espacios intersticiales, que se asienta la estructura de este proyecto.
La ciudad es sobre todo, paisaje en constante transformación. Es proceso y territorio. Al final, se desvela como la ubicación geográfica de un evento en transformación. Evento que debe ser entendido, aquí, como humano, simbólico, psicológico o imaginario, que puede haber ocurrido, puede estar ocurriendo o puede nunca ocurrir, pero su territorio es siempre la ciudad.
Ahora estamos confrontados con la idea de que la ciudad tiene una evolución y un ciclo de vida análogo a cualquier otro paisaje. Partiendo de este punto de vista, la distinción entre la fotografía de la ciudad y la fotografía del paisaje es innecesaria. Cada una de estas no es más que un reflejo de las fuerzas físicas primarias (constructivas y destructivas) en donde la actividad humana no es más que otra faceta de las fuerzas naturales. Lo más importante es que la contemplación de la ciudad no es más que la contemplación de toda la actividad humana y su escala se desvela como irrelevante. Las fotografías de la ciudad son acerca de las construcciones, estructuras y relaciones arquitectónicas, pero son también acerca de nuestras pasiones y indiferencias.








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